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Prensa / Chile frente al invierno demográfico: ¿Se puede revertir la caída histórica de los nacimientos? / Emol

  • 22 junio 2026
  • Lectura: 6 minutos
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En 2025 nacieron 146.446 personas en Chile, un 46,9% menos que en 1993 y por primera vez, la tasa global de fecundidad cayó bajo un hijo por mujer (0,99).

Las cifras más recientes sobre natalidad en Chile muestran un cambio demográfico que ya dejó de ser una señal de alerta puntual para convertirse en una tendencia sostenida. El descenso de los nacimientos y de la fecundidad ha abierto una discusión que excede el ámbito estadístico: si el país quiere enfrentar el envejecimiento poblacional, la reducción de la fuerza laboral futura y las presiones sobre el sistema previsional, surge una pregunta inevitable sobre cuánto pueden realmente influir las políticas públicas en decisiones que hoy parecen atravesadas por factores económicos, culturales y sociales.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) con su estudio Panorama demográfico en Chile, elaborado junto al Servicio de Registro Civil e Identificación y el Ministerio de Salud, las cifras reflejan la magnitud del cambio. Mientras en 1993 se registraron 275.916 nacimientos, en 2023 el número descendió a 174.057 nacidos vivos, equivalente a una disminución de 36,9%.

La caída se profundizó aún más en 2025: durante ese año nacieron 146.446 personas, es decir, 129.470 menos que hace 32 años, lo que representa un descenso acumulado de 46,9%.

El informe además confirmó otro hito demográfico: por primera vez la Tasa Global de Fecundidad (TGF) se ubicó por debajo de un hijo por mujer, alcanzando 0,99 nacidos vivos promedio. En paralelo, entre 1993 y 2025 la TGF acumuló una caída de 59,4%.

El mismo estudio evidenció un cambio en el calendario reproductivo. La edad media de la fecundidad pasó de 27 años en 1993 a 30 años en 2025, mientras que la proporción de madres extranjeras aumentó de forma importante entre 2017 y 2025, pasando de representar el 6,9% al 19,7% de los nacidos vivos.

Más allá de los incentivos económicos

En medio de este escenario, una de las discusiones que reaparece es si leyes, subsidios o beneficios pueden modificar decisiones reproductivas que parecen estar cada vez más determinadas por otros factores. Roberto Altamirano Assad, ginecólogo de la Sociedad Chilena de Medicina del Estilo de Vida (SOCHIMEV), sostiene que las medidas legislativas pueden generar efectos, pero tienen límites claros.

Explica que la decisión de tener hijos no depende únicamente de una ley o de un incentivo económico puntual, sino que está asociada al proyecto de vida, estabilidad laboral, acceso a vivienda, ingresos, corresponsabilidad en los cuidados, salud reproductiva, trayectoria educacional y expectativas de las nuevas generaciones.

Según el especialista, las políticas públicas pueden producir cambios reales cuando forman parte de un ecosistema de apoyo más amplio a la maternidad, paternidad y vida familiar. En ese sentido, bonos o subsidios pueden aliviar parcialmente el costo inicial de criar, pero difícilmente alteran decisiones reproductivas de largo plazo por sí solos.

A juicio de Altamirano, el foco debiera estar en remover barreras y permitir que quienes desean tener hijos puedan hacerlo sin percibir que ello implica renunciar al desarrollo profesional, estabilidad económica, salud mental o autonomía.

Un fenómeno con múltiples causas

La caída de la natalidad tampoco responde a una única explicación. Altamirano plantea que el costo de criar hijos sigue siendo un elemento relevante, especialmente por gastos asociados a educación, salud, vivienda y cuidados. A ello se suma la precariedad laboral y la incertidumbre económica, que llevan a muchas personas a postergar decisiones reproductivas hasta alcanzar una sensación mayor de estabilidad. El acceso a vivienda también aparece como un factor crítico, particularmente en contextos de altos arriendos, endeudamiento e inestabilidad residencial.

Sin embargo, el especialista añade que existe un cambio cultural profundo: las nuevas generaciones tienen expectativas distintas respecto del trabajo, el desarrollo personal, el tiempo libre, la salud mental, la autonomía y la vida familiar.

En el caso de las mujeres, sostiene que el aumento de participación en educación y empleo representa un avance social significativo, pero advierte que la organización de los cuidados no ha evolucionado al mismo ritmo.

Trabajo, maternidad e incertidumbre

Desde una perspectiva laboral, Bárbara Zlatar, socia del área Laboral de Cariola Díez Pérez-Cotapos, señala que la evidencia demuestra que las leyes por sí solas difícilmente revierten tendencias demográficas cuando estas responden a transformaciones culturales profundas.

Explica que iniciativas como la Ley de Conciliación de la Vida Laboral y Familiar buscaron disminuir barreras laborales al establecer el derecho al trabajo a distancia para trabajadores con cuidado de menores de 14 años, intentando reducir el costo profesional asociado a la crianza. No obstante, advierte que este tipo de medidas también puede generar efectos secundarios vinculados a costos de contratación, especialmente sobre mujeres.

Respecto del impacto de postergar la maternidad, Zlatar comenta que este fenómeno reduce progresivamente la ventana biológica de fertilidad y se combina con otros factores como la consolidación de trayectorias laborales y profesionales. Añade que existen elementos normativos que también influyen, como las exigencias relacionadas con sala cuna, la rigidez de permisos maternales y las limitaciones de flexibilidad laboral.

A su juicio, más que incentivos económicos puntuales, las políticas con mayor potencial son aquellas vinculadas al cuidado: Universalidad de salas cuna y mecanismos efectivos de corresponsabilidad parental.

¿Reversible o cambio estructural?

Pese a que el debate sobre incentivos a la natalidad seguirá creciendo, los especialistas coinciden en que el escenario actual responde a transformaciones de largo alcance. Zlatar sostiene que la experiencia internacional muestra que, una vez que la fecundidad cae bajo el nivel de reemplazo, resulta extremadamente complejo volver a los niveles históricos.

Altamirano coincide en que Chile enfrenta una transformación estructural de largo plazo y considera poco realista esperar un retorno rápido a las tasas de décadas anteriores. Sin embargo, ambos coinciden en que eso no implica inmovilidad.

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